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Un robotín dibujado por Stanislaw Lem. 
No dejéis de leerle: de “La Voz de su Amo” a “Fiasco”, de “Solaris” a “El Invencible”, de “Memorias Encontradas en una Bañera” a “Diarios de las Estrellas”; de, en suma “Vacío Perfecto” a “La Investigación” y “La Fiebre del Heno”… pero nunca os fiéis de LEM (Lunar Excursion Module). Solo amadlo y repetid su nombre como un mantra o una letanía:
LEM LEM LEM

Un robotín dibujado por Stanislaw Lem. 

No dejéis de leerle: de “La Voz de su Amo” a “Fiasco”, de “Solaris” a “El Invencible”, de “Memorias Encontradas en una Bañera” a “Diarios de las Estrellas”; de, en suma “Vacío Perfecto” a “La Investigación” y “La Fiebre del Heno”… pero nunca os fiéis de LEM (Lunar Excursion Module). Solo amadlo y repetid su nombre como un mantra o una letanía:

LEM LEM LEM

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Me identifico plenamente con este marinero japonés.
ideefixedujour:

Japanese Sailor, 1967 by glen.h on Flickr.

Me identifico plenamente con este marinero japonés.

ideefixedujour:

Japanese Sailor, 1967 by glen.h on Flickr.

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¿Será el lío de las hipotecas culpa de Dios?

En este artículo de la revista Time, mencionan un estudio de Jonathan Walton, profesor de religión en la Universidad de California Riverside, que vincula el crecimiento de las hipotecas subprime con el auge del “Prosperity Gospel”. Las innumerables iglesias adscritas a este “Movimiento de la Prosperidad” difunden un mensaje pseudo religioso donde la espiritualidad deja paso a una suerte sincretismo financiero que, tirando de nuestras concepciones mágicas más primitivas, basa toda su doctrina en la atracción de bienes materiales. Walton explica cómo contratar una hipoteca basura fue, para muchas personas, una revelación divina: “Dios ha hecho que el banco no preste atención a mi historial de crédito y me ha bendecido con mi primera vivienda en propiedad”. 

De todos los tele predicadores metidos en esta pomada, mi favorito es Creflo Dollar.

Con semejante nombre, podría ser un personaje de Thomas Pynchon o protagonizar una de las tiras de la serie ”Como su Propio Nombre Indica” del gran Mauro Entrialgo pero, el bueno de Creflo, tan solo acumula millones en su cuenta bancaria y alguna que otra demanda por estafa. 

Aquí, en la sudeuropa o en los estados denominados por las Agencias de Rating como PIGS -los estados católicos, vaya- también hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, nos dicen, sin la necesidad de soportar a buhoneros religiosos de esta calaña.  

Empiezo a preguntarme si la crisis crediticia no será una costumbre importada como el delicioso Halloween y cuantos días faltan para que llegue gente así al TDT Party.

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El downsizing aparece en los ochenta como cambio de paradigma en el management empresarial. Estas reestructuraciones o “reingenierías” se llevaron por delante los puestos de trabajo de más de treinta millones de oficinistas norteamericanos entre 1981 y 2003. No es de extrañar que el presidente de General Electric, Jack Welch, se ganara el apelativo atómico de “Neutron Jack” al despedir a 112.000 trabajadores y anunciar que, cada año, prescindirían del 10% menos productivo de la plantilla. 
Todo esto resulta sin duda menos doloroso cuando, según apunta Ralph Whitehead ”(…) despiden a una persona de cada tres y luego ponen un cartel inspiracional en el pasillo para tapar la herida psicológica”.
El “pensamiento positivo” se perfila como el gran aliado de liberal capitalismo extremo. Tenemos a directivos chamánicos con, según publicó la revista Fortune, “una visión del mundo en la que […] la realidad no es algo absoluto, sino un subproducto de la conciencia humana”, y a curritos obligados a asistir a charlas perpetradas por predicadores como Zig Ziglar para que, a golpe de epifánica liturgia, se grabe bien la idea: “Tú eres el responsable; no le eches la culpa al sistema; no le eches la culpa al jefe: trabaja más y reza más”. 
Pues nada, a rezar y a seguir leyendo el excelente ensayo “Sonríe o Muere: La Trampa del Pensamiento Positivo” de Barbara Ehrenreich que es de donde sale todo esto. 

El downsizing aparece en los ochenta como cambio de paradigma en el management empresarial. Estas reestructuraciones o “reingenierías” se llevaron por delante los puestos de trabajo de más de treinta millones de oficinistas norteamericanos entre 1981 y 2003. No es de extrañar que el presidente de General Electric, Jack Welch, se ganara el apelativo atómico de “Neutron Jack” al despedir a 112.000 trabajadores y anunciar que, cada año, prescindirían del 10% menos productivo de la plantilla. 

Todo esto resulta sin duda menos doloroso cuando, según apunta Ralph Whitehead ”(…) despiden a una persona de cada tres y luego ponen un cartel inspiracional en el pasillo para tapar la herida psicológica”.

El “pensamiento positivo” se perfila como el gran aliado de liberal capitalismo extremo. Tenemos a directivos chamánicos con, según publicó la revista Fortune, “una visión del mundo en la que […] la realidad no es algo absoluto, sino un subproducto de la conciencia humana”, y a curritos obligados a asistir a charlas perpetradas por predicadores como Zig Ziglar para que, a golpe de epifánica liturgia, se grabe bien la idea: “Tú eres el responsable; no le eches la culpa al sistema; no le eches la culpa al jefe: trabaja más y reza más”

Pues nada, a rezar y a seguir leyendo el excelente ensayo “Sonríe o Muere: La Trampa del Pensamiento Positivo” de Barbara Ehrenreich que es de donde sale todo esto. 

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“Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad; en la comedia, donde cada personaje engaña a los otros y se engaña a sí mismo, el loco representa la comedia de segundo grado, el engaño del engaño; dice, con su lenguaje de necio, sin aire de razón, las palabras razonables que dan un desenlace cómico a la obra. Explica el amor a los enamorados, la verdad de la vida a los jóvenes, la mediocre realidad de las cosas a los orgullosos, a los insolentes y a los mentirosos.”
Michel Foucault, “Historia de la Locura en la Época Clásica”
En el juego de rol “La Llamada de Cthulhu”, una de las características de los personajes es la “Cordura Máxima”. Como por desgracia nunca he jugado, me imagino que la puntuación en este rasgo bajará poderosamente si metes las narices en la biblioteca de ese tío tuyo tan raro de Providence, te matriculas para hacer un máster en la Universidad de Miskatonic y se te ocurre, además, pasar las vacaciones de verano en Innsmouth. Me informan que los puntos de cordura son diabolicamente difíciles de recuperar, sobre todo después de haber tenido visiones o escuchar voces y gruñidos ominosos. Que esta característica mengüe no es negativo según las reglas del juego: sería imposible hacer conjuros o abrir portales con la cordura alta. Si tienes la cabeza en su sitio, te perderás cosas tan divertidas como que se te escape un bonito “Ph’nglui mglw nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn” durante un brindis en cualquier reunión social comprometida.
Todo esto, más otras cosas que mi natural discreción deja fuera de plano, me llevan a comentar que el artículo titulado “Nos Gobiernan Enfermos Mentales” tan difundido por las redes es, aparte de poco riguroso, torpe e innecesario. 
No es este el lugar de discutir si la melancolía o las manías pueden comprometer la ética. Solo os invito a pensar cuantas veces, a lo largo del día, perdemos puntos de cordura y eso nos conduce a veces a algo bueno. Hablar sobre locura y poder, como pretenden hacer en el artículo antes citado, nos llevaría a Mad Doctors y sabemos que Nuestros Dirigentes molan mucho menos.

“Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad; en la comedia, donde cada personaje engaña a los otros y se engaña a sí mismo, el loco representa la comedia de segundo grado, el engaño del engaño; dice, con su lenguaje de necio, sin aire de razón, las palabras razonables que dan un desenlace cómico a la obra. Explica el amor a los enamorados, la verdad de la vida a los jóvenes, la mediocre realidad de las cosas a los orgullosos, a los insolentes y a los mentirosos.”

Michel Foucault, “Historia de la Locura en la Época Clásica

En el juego de rol “La Llamada de Cthulhu”, una de las características de los personajes es la “Cordura Máxima”. Como por desgracia nunca he jugado, me imagino que la puntuación en este rasgo bajará poderosamente si metes las narices en la biblioteca de ese tío tuyo tan raro de Providence, te matriculas para hacer un máster en la Universidad de Miskatonic y se te ocurre, además, pasar las vacaciones de verano en Innsmouth. Me informan que los puntos de cordura son diabolicamente difíciles de recuperar, sobre todo después de haber tenido visiones o escuchar voces y gruñidos ominosos. Que esta característica mengüe no es negativo según las reglas del juego: sería imposible hacer conjuros o abrir portales con la cordura alta. Si tienes la cabeza en su sitio, te perderás cosas tan divertidas como que se te escape un bonito “Ph’nglui mglw nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn” durante un brindis en cualquier reunión social comprometida.

Todo esto, más otras cosas que mi natural discreción deja fuera de plano, me llevan a comentar que el artículo titulado “Nos Gobiernan Enfermos Mentales” tan difundido por las redes es, aparte de poco riguroso, torpe e innecesario.

No es este el lugar de discutir si la melancolía o las manías pueden comprometer la ética. Solo os invito a pensar cuantas veces, a lo largo del día, perdemos puntos de cordura y eso nos conduce a veces a algo bueno. Hablar sobre locura y poder, como pretenden hacer en el artículo antes citado, nos llevaría a Mad Doctors y sabemos que Nuestros Dirigentes molan mucho menos.

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NuevasAlmohadasViscoelásticasCervicales + VisitaAlBar con MagoNivel10 = Despertar flotando el domingo. 

NuevasAlmohadasViscoelásticasCervicales + VisitaAlBar con MagoNivel10 = Despertar flotando el domingo. 

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Mi jefe siempre ha tenido muy a la vista, en su despacho, un machete enorme enfundado en cuero. Me parecía el atributo orgulloso de un emprendedor aventurero que nada teme, que marca las distancias; alguien que te ve como una presa o que, en caso de colapso total o Eschaton, no temería ni a su propia muerte. Pero luego llegaron las escopetas: tres escopetas enormes, puestas ahí, en la esquina… Mantener conversaciones absolutamente irracionales con un ex boxeador gigantesco y bigotón, se hace cada día más difícil con tantas armas alrededor. La situación llega casi a pánico cuando escuchas cómo el nudo de las conversaciones con los buenos_clientes_amigos suele ser, a elegir:
”- ¡Págame!” 
”-¡Esto te lo resuelvo yo mejor que ese!”
”-¡Todo es culpa de los socialistas!”…
… y continúa, independientemente del interlocutor:
”- ¿Quieres una escopeta?. -No, que no te la vendo. ¡Que te la regalo!”.
Soy floja y me amedrento por nada. Tendría que estar feliz por ir a trabajar el lunes en un entorno laboral donde el jefe, por fin, toma decisiones para mejorar la coyuntura: “- Estas escopetas son muy caras, pero no las quiero a mi lado: la cosa está muy mala y hay mucho hijoputa suelto.”
El drama en la horroroficina llega muchísimo más lejos, pero es algo que el respeto que profeso por la plantilla -que incluye las hijas del interfecto- deja a vuestra imaginación, por ahora.

Mi jefe siempre ha tenido muy a la vista, en su despacho, un machete enorme enfundado en cuero. Me parecía el atributo orgulloso de un emprendedor aventurero que nada teme, que marca las distancias; alguien que te ve como una presa o que, en caso de colapso total o Eschaton, no temería ni a su propia muerte. Pero luego llegaron las escopetas: tres escopetas enormes, puestas ahí, en la esquina… Mantener conversaciones absolutamente irracionales con un ex boxeador gigantesco y bigotón, se hace cada día más difícil con tantas armas alrededor. La situación llega casi a pánico cuando escuchas cómo el nudo de las conversaciones con los buenos_clientes_amigos suele ser, a elegir:

”- ¡Págame!” 

”-¡Esto te lo resuelvo yo mejor que ese!”

”-¡Todo es culpa de los socialistas!”…

… y continúa, independientemente del interlocutor:

”- ¿Quieres una escopeta?. -No, que no te la vendo. ¡Que te la regalo!”.

Soy floja y me amedrento por nada. Tendría que estar feliz por ir a trabajar el lunes en un entorno laboral donde el jefe, por fin, toma decisiones para mejorar la coyuntura: “- Estas escopetas son muy caras, pero no las quiero a mi lado: la cosa está muy mala y hay mucho hijoputa suelto.”

El drama en la horroroficina llega muchísimo más lejos, pero es algo que el respeto que profeso por la plantilla -que incluye las hijas del interfecto- deja a vuestra imaginación, por ahora.

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Trabajar de buen rollo debe ser algo parecido a esto

Trabajar de buen rollo debe ser algo parecido a esto

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Ayer fue un día feliz en la horroroficina. Después de mucho tiempo, llamó mi cliente favorito. Reconocí la voz, el saludo de siempre -“Buenos días, señorita. Estoy en [introduzca localización exótica del norte de África, siempre distinta]”- y sus peticiones de tipo -“Necesito que me proporcione los códigos para contratar con la OTAN”-. Las conversaciones con este señor estupendo, un ingeniero viejecito que dispara mi imaginación, siempre acaban de la misma forma -“Toda esta información que me proporciona es de gran ayuda, señorita, gracias, pero AHORA ESTOY EN UN HOTEL y no puedo acceder a ella”. Charlar con Peter Lorre, probablemente luciendo un fez, es una de las pocas alegrías que he obtenido en mi trabajo. Querría regalarle algún dispositivo para que pueda conectarse al mundo. A veces querría incluso que me contratase como secretaria y vivir mil aventuras, pero solo puedo dedicarle estas sentidas líneas. Gracias, Peter Lorre.

Ayer fue un día feliz en la horroroficina. Después de mucho tiempo, llamó mi cliente favorito. Reconocí la voz, el saludo de siempre -“Buenos días, señorita. Estoy en [introduzca localización exótica del norte de África, siempre distinta]”- y sus peticiones de tipo -“Necesito que me proporcione los códigos para contratar con la OTAN”-. Las conversaciones con este señor estupendo, un ingeniero viejecito que dispara mi imaginación, siempre acaban de la misma forma -“Toda esta información que me proporciona es de gran ayuda, señorita, gracias, pero AHORA ESTOY EN UN HOTEL y no puedo acceder a ella”. Charlar con Peter Lorre, probablemente luciendo un fez, es una de las pocas alegrías que he obtenido en mi trabajo. Querría regalarle algún dispositivo para que pueda conectarse al mundo. A veces querría incluso que me contratase como secretaria y vivir mil aventuras, pero solo puedo dedicarle estas sentidas líneas. Gracias, Peter Lorre.